UAMita, ¿destino?

Recuerdos y anécdotas, antes de que se me olvide, más…

El treinta y uno de octubre del dos mil quince tuve la oportunidad de reencontrarme con la mayoría de compañeros y ahora grandes amigos de la primera generación de Ingenieros en Energía de la Universidad Autónoma Metropolitana. Camino a la ciudad de México para la reunión, nuevamente repasé mentalmente la manera azarosa en la que la vida me puso allí, en la UAM, en ese momento. Digo nuevamente porque repetidas veces he recreado este episodio de mi vida, así que ahora lo escribo, antes de que se me olvide más…

Convocatoria y solicitud

Todo comenzó al estar terminando el tercer año en la preparatoria de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca por allá de 1974. No había decidido qué haría después de concluir la Prepa ni recuerdo haber platicado con mis padres al respecto, ni alguna sesión de orientación vocacional, si es que hubo alguna. Una tarde estaba en el mostrador de la Farmacia leyendo el periódico, casi podría asegurar que El Heraldo de México, cuando me encontré con la Convocatoria que publicaba la UAM para participar en su primer y muy próximo examen de admisión, bueno muy próximo quizá no refleje la inmediatez de la fecha límite pues era al siguiente día que se cerraba el periodo para recibir solicitudes. La Convocatoria mencionaba que la Unidad en Iztapala (en la ciudad de México) comenzaría su primer trimestre en otoño de ese año y la oferta en la División de Ciencias Básicas e Ingeniería incluía licenciaturas en Física (lo que llamó poderosamente mi atención), Química, Matemáticas y varias ingenierías, entre ellas Energía, Hidráulica, Biomédica y Electrónica.

No recuerdo la conversación exacta, sólo que le enseñé a mi papá la Convocatoria, destacando que la oferta incluía Física y mi interés por hacer el examen. Mi padre lo recibió con agrado, probablemente con mucho agrado pues él impartió toda su vida la materia de Física a nivel Secundaria y Preparatoria; lo cual de paso explica mi inclinación inicial hacia esta disciplina. La sorpresa vino cuando le comenté que el último día para la recepción de solicitudes era al día siguiente. Si realmente eso quieres, te tendrías que ir solo hoy y en lo que encontremos, me dijo. Mi respuesta fue “sí”, así que esa tarde, noche ya estaba sentado en un flamante (no precisamente) autobús de Fletes y Pasajes, despidiendo desde la ventanilla a mi papá y Don Porfirio, quienes me acompañaron a la terminal.

El viaje a la ciudad de México debió haber tomado unas 9 a 10 horas pues se trataba de un servicio (o como decimos en oaxaqueño, una corrida) de segunda que se paraba en casi todos los pueblos por los que pasaba en la vieja carretera federal de Oaxaca a México. La mañana del siguiente día, en taxi, pues aunque había estado en la ciudad de México antes no sabía moverme en el transporte público, llegué a la dirección que indicaba la Convocatoria. Desconozco si el taxista me cobró lo correcto pero por lo menos me llevó a la dirección, lo cual se supone que debería ocurrir siempre pero en un país como el nuestro se agradece que te lleven a tu destino, particularmente por la experiencia que posteriormente tendría.

Casi estoy seguro, que el lugar fue el Teatro de los Insurgentes, en la avenida del mismo nombre. En ese lugar había varios jóvenes con camisetas y sudaderas con el logotipo de la UAM. El trámite transcurrió sin contratiempo por lo cual quedé registrado para presentar el examen de admisión pocos días después. No habiendo más que hacer, esa misma tarde, me regresé en Aerolíneas de Oriente, no, no, Autobuses de Oriente (ADO). Llegué en la madrugada a Oaxaca y cuando mi mamá me escuchó entrar a la casa, me preguntó: ¿cómo te fue?, la respuesta fue “bien”, había dado un paso definitorio para esta aventura que ha sido mi vida y que durante treinta y cinco me llevo a estar fuera de Oaxaca.

El primer examen de admisión

A los pocos días regresé a la ciudad de México para presentar el examen. Según mis cálculos tendría tiempo suficiente para llegar a la terminal, alrededor de las seis o siete de la mañana, desayunar algo y dirigirme, nuevamente en taxi al lugar del examen de admisión. Esta vez el reto era mayor pues la escuela Secundaria, sede del examen de admisión, estaba precisamente en Iztapalapa, en una calle y área que no tenía ni la más remota idea sobre su ubicación. Confiado tomé un taxi, le pedí al chofer que me llevara a la dirección que decía el documento que me habían dado en el trámite previamente hecho. El chofer se dirigió a Iztapalapa y estuvo dando vueltas para finalmente decirme que no sabía dónde estaba la Secundaria (o la calle de la dirección). Me pidió que me bajara y que le pagara. Bienvenido a la gran capital. Me bajé y comencé a caminar, preguntando una y otra vez, cada vez con mayor angustia no solo porque la hora (diez de la mañana si no recuerdo mal) del inicio del examen ya había pasado sino además por el temor a perderme. Finalmente, después de mucho preguntar y caminar, llegué a la escuela Secundaria donde se estaba aplicando el examen. Cuando me presenté con la persona que estaba en el salón que me correspondía, era demasiado tarde, faltaban escasos quince minutos para que terminara el tiempo designado. Le expliqué lo que me había pasado pero su respuesta, con razón, fue: en quince minutos recojo el examen, no te va a dar tiempo.

Con mucho coraje y tristeza me regresé como pude a la terminal del ADO, me subí en la siguiente corrida disponible para Oaxaca. Llegué en la madrugada a Oaxaca y cuando mi mamá me escuchó entrar a la casa, me preguntó: ¿cómo te fue?, esta vez la respuesta fue muy diferente, tratando de contener el llanto le dije: “mal, no pude presentar el examen.” Acuéstate un rato, luego platicamos, me dijo mi santa madre.

María Elena

Ya a media mañana le comenté a mi mamá lo que me había pasado. Sólo recuerdo claramente que me dijo: hay que hablarle por teléfono a María Elena para decirle que ya no vas a irte a la ciudad de México a estudiar. Antes de ese día no recordaba haber visto o escuchado de María Elena, así que le pregunté a mi mamá quién era ella o por qué había que avisarle que ya no iría a estudiar fuera de Oaxaca. Entonces fue cuando mi mamá me comentó que el día anterior, el mismo día del examen de admisión, María Elena había venido a saludarla a la farmacia. Así me enteré de que era de Ejutla (Oaxaca), al igual que mi madre y que tenían una relación familiar no muy directa. Posteriormente cuando conocí a María Elena siempre se refirió a mí como su sobrino.

Mi mamá entonces me platicó de la visita, particularmente que le había dicho que yo me iría a la ciudad de México y estaba preocupada porque no sabía en donde iba yo a vivir. La respuesta de María Elena fue: No te preocupes, que se venga a la casa a vivir conmigo. Así que mi mamá, sin dudarlo, aceptó el ofrecimiento e incluso se pusieron de acuerdo en el costo de mi estancia en su casa, que incluía alimentos y una cama donde dormir. Ahora entendía porque había que avisarle a María Elena. Mi mamá le llamó por teléfono, brevemente le comentó lo que me ocurrió y al terminar la conversación, mi mamá se dirigió a mí y me dijo: Dice María Elena que te regreses a México, que la vayas a ver porque ella cree que te puede ayudar.

El segundo examen de admisión

Así que nuevamente me regresé a la ciudad de México, bajé del camión y le pedí a un taxi que me llevara a la casa de María Elena. Afortunadamente el taxista me dejo en su casa, toqué la puerta, me invitó a entrar, nos saludamos. Hizo una llamada telefónica a una persona que pronto conocería, a quien le explicó mi situación solicitándole que intercediera por mí con su papá. María Elena me dijo que me bañara, me prestó la playera de un joven (parece que consideró que lo que llevaba puesto no era lo más adecuado) que pronto conocería, me dio algo de desayunar; al poco tiempo alguien tocó a la puerta, María Elena lo saludó con cariño de manera muy familiar, me presentó con él y me invitó a que lo acompañara.

Esta vez el viaje no fue en taxi, sino en un flamante auto deportivo convertible (o como decimos los que hablamos castellano, descapotable). El conductor, ni más ni menos que el hijo del arquitecto Pedro, primer rector general de la UAM. Entre impresionado y alegre, recuerdo que recorrimos a alta velocidad parte del Viaducto Miguel Alemán.

Llegamos a las oficinas de la rectoría general allá por Cuatro Caminos, el hijo del rector saludó a todo mundo y entró a la oficina de su papá. A los pocos minutos salió, se despidió de mí y me dijo: Me tengo que ir, en un rato más la secretaria te va a llamar, suerte. Efectivamente a los pocos minutos, la secretaria se acercó a mí, me entregó unos papeles, que pronto comprendí que era el examen de admisión y me dio breves instrucciones: Dice el arquitecto que lo respondas, tienes (creo que fueron) dos horas, el mismo tiempo que le dieron a todos, y que cuando acabes me lo entregues.

Me prestó un lápiz, me acomodé donde pude y comencé a responder el examen. Al terminar lo entregué y la secretaria me dijo: Los resultados saldrán publicados en el mismo diario en que salió la Convocatoria para el examen, dice el arquitecto que si lo pasas saldrás en esa lista.

Como diría mi maestro de raíces grecolatinas Alea jacta est. Afortunadamente mi nombre apareció en la lista de los aspirantes aceptados, comenzando así una de las etapas más importantes de mi vida. Si bien mi admisión a la UAM siempre me ha parecido un hecho extraordinario en mi vida, salir con el título de ingeniero (no de físico que era el plan original) no fue fácil pero eso amerita una nota aparte. También siempre me ha llamado la atención por qué María Elena apareció en ese momento al igual que recientemente recordaba a Lidia. Por cierto, María Elena, me enteré después, era la fisioterapeuta de cabecera del hijo del rector.

Época / año: 1974
Nombres: [Willy, Negro Santo, Gerardo, Lalo, Lalito, Farmacéutico, chuchín y chuchito]

Dr. Puck
23 de julio de 2017.

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